El ex militar salvadoreño Inocento Orlando Montano se sienta en el banquillo durante una sesión de su juicio en Madrid. EFE/ Kiko Huesca

Implican a expresidente de El Salvador y a cúpula militar en crimen de jesuitas

Tiempo de lectura 9 minutos aprox.
El ex militar salvadoreño Inocento Orlando Montano se sienta en el banquillo durante una sesión de su juicio en Madrid. EFE/ Kiko Huesca

Un exteniente salvadoreño señaló a un expresidente y jefes del Estado Mayor de ser los autores intelectuales del asesinato de jesuitas en 1989

Con información de: López Dóriga

Un exteniente salvadoreño reveló este miércoles en el juicio contra el excoronel Inocente Montano que el alto mando militar, con la aprobación del entonces presidente Alfredo Cristiani, ordenó asesinara seis jesuitas en 1989 en la Universidad Centroamericana sin dejar testigos de la matanza.

René Yusshy Mendoza señaló explícitamente al presidente, a cargos políticos de Defensa (Montano era viceministro de Seguridad Pública) y jefes del Estado Mayor como los responsables y autores intelectuales de los asesinatos, cometidos por el batallón Atlácatl y al que el exteniente acompañó por orden de sus superiores.

Su declaración como testigo en el juicio que se sigue en la Audiencia Nacional española, tras ser exonerado de toda responsabilidad penal al inicio de la vista, se presentaba como clave contra Montano -único acusado- pues Mendoza había confesado y colaborado con la Justicia.

El exteniente relató que la masacre fue ordenada por el alto mando militar en una reunión horas antes de los asesinatos, con el coronel Guillermo Benavides, a quien se encargó que ejecutara la matanza y quien a su vez eligió a Mendoza para que junto a otro mando de la Escuela Militar dirigieran la operación.

Mendoza relató todo lo que Benavides, condenado a 30 años de cárcel en 1992, amnistiado en 1993 y capturado en 2016 para cumplir la pena, le dijo antes de dirigirse a la Universidad Centroamericana (UCA).

Los jesuitas asesinados fueron los españoles Ignacio Ellacuría (rector de la universidad), Segundo MontesIgnacioMartín-BaróAmando López y Juan Ramón Moreno. También fueron asesinados los salvadoreños Joaquín López (sacerdote), la empleada doméstica de la universidad Julia Elba y su hija menor, Celina Mariceth Ramos.

El presidente autorizó la orden del alto mando

“Toda la operación estaba ordenada por el alto mando, Benavides me dijo que tenía que ejecutar la orden que había recibido y que Montano fue una de las personas que dio la orden de eliminar a Ellacuría, me lo dijo varias veces”, afirmó Mendoza, quien ha incriminado así al excoronel, que se enfrenta a 150 años de prisión.

Pero también involucró a Cristiani (presidente entre 1989 y 1994) porque, según el testigo, el alto mando iba a informarle de la operación en un encuentro en el edificio del Estado Mayor y que si se oponía a los asesinatos se informaría de ello.

“Si no hubo contraorden es que el presidente lo tuvo que haber aprobado”, apostilló el exmilitar, que siempre habló en su testimonio de “operación coordinada” por el Ejército.

Y en particular por “La Tandona“, la promoción de oficiales que “a finales de los 80 llegaron a tener el poder absoluto de las fuerzas armadas” y los puestos clave en el alto mando. Montano era miembro de aquel grupo que funcionaba “como una cofradía”.

Tras aquella reunión, Benavides convocó a los oficiales de la Escuela para informarles de la orden y luego hizo lo mismo con el teniente Espinoza, cuya unidad fue designada “para ejecutar la misión sin dejar testigos” y a la que acompañó Mendoza, porque querían que fuera acompañado de un oficial de su promoción.

“Yo lo era, pero no sé por qué me eligieron a mi”, añadió.

Así fue la operación en la UCA

Un total de 40 militares llegaron a la puerta del campus y allí una persona les ayudó a entrar. Estaba todo oscuro. Él se quedó al final del grupo y se dirigió a un edificios con dormitorios. Estaba en el patio interior cuando escuchó ráfagas de disparos. En un primer momento, pensó que a lo mejor eran guerrilleros escondidos, porque les habían dado esa información.

Inmediatamente salió y subió a un alto donde vio los cuerpos tendidos en el suelo. Bajó y Espinoza le señaló: “Ya está, vámonos”. Mientras se marchaban “se escucharon explosiones y disparos para simular un enfrentamiento” porque provenían de ellos mismos.

Al llegar a la Escuela, fueron a ver a Benavides para comunicarle “misión cumplida”. Benavides preguntó a Espinoza si estaba Ellacuría y le respondió que sí. “¿Estás seguro? Y dice que sí”. A este le dijo que se fuera a descansar y a Mendoza que “guardara silencio”.

Una investigación dirigida por las Fuerzas Armadas

Estuvo repleta de irregularidades. Se manipularon las armas de los soldados que ejecutaron los asesinatos, se destruyó el libro de registros de entrada y salida de la Escuela y se hizo lo mismo con una maleta llena de dólares que encontraron en la UCA.

Él mismo fue objeto de esa manipulación cuando le citaron a declarar en la Comisión de Hechos Delictivos, dirigida por militares. Mendoza relató que empezó a contar todo hasta que entró un abogado y leyó lo que estaba anotando una persona.

“Dijo ‘no, no, no. Esas declaraciones no pueden ir así’. Le pide que saque el papel de la máquina y dice: ‘no puedes mencionar a ninguna persona del alto mando, a nadie que no sea Benavides o miembros del batallón’. Toma la hoja, la rompe y dice ‘comienza’”, detalló Mendoza, que tras ello quedó detenido y forzado en el juicio a negarlo todo, como marcó la estrategia del Ejército.

También testificaron hoy los fiscales del caso en El Salvador, que luego ejercieron la acusación particular. Ambos denunciaron las “mentiras sistemáticas, la ocultación de pruebas y el bloqueo” de un procedimiento “sin neutralidad alguna”. “Fue una confabulación estatal para obstaculizar el descubrimiento de la verdad”.

La sesión de hoy en el juicio terminó con la declaración del matrimonio que presenció los hechos en la UCA, y que hicieron hincapié en los balazos y la sangre que había en la escena del crimen.

También narraron cómo tuvieron que huir a casa de una familiar por “miedo” y luego a la Embajada de España, que les entregó a la de Francia porque no podían garantizar su seguridad. “Es bien peligroso aquí”, dijeron que les admitió el embajador.