Redacción / La Expresión
Ciudad Victoria, Tamaulipas. — Entre el aroma a pan recién horneado y el vapor de los guisos que mitigan la dureza del encierro, la cocina del Centro de Ejecución de Sanciones (CEDES) Victoria ha dejado de ser un simple espacio de subsistencia para convertirse en un motor de dignidad, cambio y segundas oportunidades para la población.
Detrás de este giro radical se encuentra Carlos, un chef profesional originario de Guadalupe, Nuevo León, quien cumple ocho años como persona privada de la libertad y que, desde hace cuatro, asumió con profunda empatía y responsabilidad el liderazgo del área tradicionalmente conocida por los internos como “el rancho”.
Con el firme propósito de romper la monotonía y brindar un trato más humano a través de los alimentos, el especialista gastronómico implementó una rigurosa planificación semanal que transformó por completo la percepción del comedor, sustituyendo las preparaciones repetitivas por un menú variado y de alta calidad.
“Llevo cuatro años aquí trabajando y me dieron la oportunidad. Antes era muy repetitivo y mucha gente decía que la comida era de muy mala calidad, pero se ha hecho un cambio muy drástico”, expresó el profesional, cuyo liderazgo inspira diariamente a sus compañeros de labores.
Actualmente, el chef coordina con precisión industrial a un equipo de 10 personas en la cocina principal y a seis más en las áreas estratégicas de tortillería y panadería, un grupo de internos que encuentra en el servicio diario una forma de redención y aprendizaje técnico para el futuro.
La planeación semanal optimiza al máximo los insumos disponibles en el centro penitenciario, logrando incorporar de manera rotativa platillos altamente valorados por la comunidad del penal, tales como hamburguesas, comida china, caldos de pescado o de res, y filetes empanizados acompañados de arroz y ensaladas frescas.
“Yo hago el cambio del menú para que sea variado; la gente está contenta con ese cambio porque ya no es la misma comida de siempre”, señaló Carlos, reflejando en sus palabras la enorme satisfacción de saber que su oficio alivia el complejo entorno de reclusión.
El impacto humanitario de esta gestión se extiende de manera prioritaria hacia los internos que enfrentan padecimientos crónicos como diabetes o hipertensión, para quienes el área de cocina diseña de manera personalizada regímenes de alimentación especial que complementan su debida valoración médica y tratamiento.
“Cuando el doctor me trae la receta, se prepara un menú especial para esa persona. Hacemos caldo de verduras, pollo sin condimentos y lo que requiera de acuerdo con su enfermedad”, explicó detalladamente, subrayando el estricto compromiso que mantienen con el bienestar físico de la población.
Antes de su ingreso al centro, el cocinero forjó una sólida trayectoria en comedores industriales en distintos puntos de la República Mexicana, una vasta experiencia que hoy vuelca con paciencia y dedicación en cada uno de los jóvenes que integran su brigada de trabajo.
“Soy de Guadalupe, Nuevo León. Traigo estudios de cocina y trabajé en comedores industriales por toda la República Mexicana. Aquí los muchachos han aprendido y esta es su escuela”, comentó con orgullo, visualizando el espacio no como un castigo, sino como un taller de reinserción productiva.
La jornada en el recinto culinario arranca desde la madrugada para garantizar que las raciones se distribuyan con puntualidad matemática, un esfuerzo coordinado que requiere disciplina y vocación social por parte de todo el equipo de panaderos, tortilleros y ayudantes de cocina.
“A las tres de la mañana inicia el primer turno para poner los frijoles y el té; nosotros entramos a las seis para preparar el almuerzo”, relató con naturalidad sobre la extenuante rutina diaria que dinamiza la vida interna del complejo.
El proceso logístico culmina a media mañana, garantizando que el alimento llegue caliente y en condiciones óptimas a cada rincón de la institución, un acto cotidiano que va mucho más allá de la nutrición y que toca directamente las fibras de la dignidad humana.
“Desde las ocho empezamos a repartir la comida en todas las áreas, incluyendo el módulo femenil”, puntualizó el chef neoleonés, plenamente convencido de que una alimentación digna, balanceada y preparada con respeto es una herramienta indispensable para el proceso de reinserción social.


