Andrea

Maremágnum

Mario Vargas Suárez

Inicio esta columna disculpándome con el lector y mis editores por la ausencia de mis columnas en días pasados. Con la idea de una mejor salud, me vi obligado a un tratamiento que me ausentó del teclado, pero estoy con renovadas expectativas.

El título de hoy es el nombre de una mujer, no mayor quizá a los 30 años de edad, casada y madre de familia con dos infantes en edad de escuela, uno de preescolar y el otro de tercero de primaria.

El esposo de Andrea es parte de una empresa de seguridad privada, de esas que abundan en el país, pero que desde hace por lo menos dos años le asignaron el turno de noche. Entra a las 21:00 hrs y termina su jornada a las 7:00 del día siguiente.

Andrea atiende a sus pequeños, su casa y marido, adicional a ello, dos días a la semana, lunes y viernes, es trabajadora doméstica para un matrimonio de maestros jubilados, con una casa relativamente grande por lo que requieren de sus servicios.

El matrimonio de Andrea tiene sus propias reglas, sus acuerdos, como en todas las parejas, de tal forma que el único Smartphone de la casa lo trae el guardia de seguridad y un ‘chicharito’ es el celular de la empleada doméstica.

La pandemia del COVID-19 también ha modificado hábitos de todas las familias y en la vida de este matrimonio no ha sido la excepción y, a partir de marzo pasado, el esposo de Andrea tuvo que compartir su Smartphone con la tarea de su hijo, entonces inscrito en segundo grado, pues la única forma de comunicarse con la maestra del infante era por WhatsApp.

La maestra utilizó su propio teléfono para diseñar esquemas, diagramas, videos, etc., para hacerlos llegar a los padres de familia, además de las instrucciones para que los padres revisaran el trabajo de sus hijos y enviaran evidencias.

Este ciclo escolar la estrategia cambió, porque el gobierno de la República consideró mejores apoyos tecnológicos al contratar a varias compañías televisoras y estaciones de radio con la idea de difundir programas diarios para cada grado de la educación básica -preescolar, primaria, secundaria y bachillerato-.

Seguro que el gobierno de la República debe haber iniciado programas de evaluación en la efectividad de esta modalidad y seguro son coincidentes en los comentarios de las redes sociales y pláticas informales, porque contra todo pronóstico hay más opiniones en contra que a favor.

“El chiquillo no se está en paz… el niño siempre quiere jugar y se enoja si no lo dejo… los maestros de la tele van muy rápido… yo me he sentado con el de la primaria y rápido quitan las imágenes… si me siento con el niño, al rato me descuido y corre a jugar… el niño le cambia de canal porque dice que se aburre…” son las expresiones de Andrea.

Dice esta empleada doméstica que por el grupo de WhatsApp de las mamás, acordaron en buscar a la maestra “…y le explicamos lo rápido de los maestros de la tele… nos impusimos al exigirle que volviéramos como estábamos antes, con las tareas que ella nos mandara por el grupo de Whats…”

En la educación superior ‘no se cantan mal las rancheras’ puesto que la capacidad de servicio de internet se ha visto rebasada por el extenso número de usuarios que se conectan simultáneamente, lo que impide una conexión exitosa y sobre todo continua.

Las Torres de Pánico ideadas en el sexenio de Egidio Torre Cantú, a la larga resultaron un fiasco, porque hasta ofrecían el servicio de internet gratuito a la población, que recién inauguradas las personas se veía sentadas hasta en pleno sol, con el celular en la mano, pero la inversión quedó como ‘elefante blanco’, ya son inservibles.

Como estrategia la educación a distancia, me atrevo a pronosticar una reprobación, no por maestros y estudiantes, más bien es por el deficiente servicio de internet, algunas plataformas para llevar la clase y la falta de capacitación de los docentes, que pudieran tener cámaras y micrófonos funcionando, pero en las evaluaciones, se encuentran con mayores problemas.

Con amor a la verdad son pocos los estudiantes que, inscritos en escuelas públicas o privadas, en todos los niveles desde preescolar hasta la educación superior, los que realmente aprovechan los recursos.

En un estudio sobre la educación pandémica de estos tiempos, un estudiante de bachillerato confesó que cuando tenía clase a las 7 de la mañana, se levantaba prendía su computadora, activaba su cámara y regresaba a la cama… Otro dijo que se dedicaba a navegar por la red mientras la maestra estaba dando su clase.

La realidad es que son incontables los padres de familia que realmente se interesan en la educación de sus hijos, incluyendo la educación básica, y esos malos hábitos crecen con el escolar y son quienes encienden la computadora y regresan a la cama.

También desde luego existen padres de familia que son todo lo contrario, las mismas redes sociales dan cuenta de los espacios que se habilitan en sus hogares para que los educandos puedan, aún con celular, tener un escenario agradable.

¿Usted como padre de familia sigue los pasos de Andrea?