Se acabó la lealtad…

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Rosa Elena González

Cierto es que esto ya lo habíamos mencionado, pero en tiempos previos a un proceso electoral vale recordarlo para que nadie se haga el sorprendido. 

Desde ya se ve que la contienda electoral que se avecina estará matizada de deslealtades, traiciones, el fugo amigo ya inicio, los aspirantes a candidatos tienen que cuidarse más de los de casa que los de enfrente. 

Y es que la lealtad a los colores, las siglas, y hasta los afectos, siempre, pero más en estos tiempos parecen ser letra de cambio. 

Por así convenir a sus intereses a la mayoría de los políticos se les olvida que la lealtad es una virtud, es la firmeza en los afectos o ideologías, la fidelidad, no engañar, no traicionar por más tentador que pueda ser el momento, el contrato, o el nombramiento.

Hoy día la lealtad es un valor que está muy escaso, el poco que queda tiende a desaparecer, en la mayoría de los casos tristemente la política y el dinero lo han echado a perder.

En pocas palabras, la lealtad es una letra de cambio y el valor se lo dan las personas, casi siempre es de acuerdo a intereses, necesidades o ambiciones, por ejemplo, en procesos electorales se pierde el pagare, en él debe y el haber los adeudos morales son a la baja, quedan en saldo rojo.

Las deslealtades se dan en todos los partidos sin importar el color, bueno, esa práctica se da hasta en las mejores familias tratándose de poder fama y fortuna hay quienes traicionan a sus hermanos de sangre y peor, políticos.

Parece parte de la naturaleza humana el irse con el mejor postor, por eso escuchamos constantemente, ya sea en broma o con conocimiento de causa, que los perros son más leales o fieles que el hombre, y es que muchos animales conservan el sentido de pertenencia y nunca olvidan quien les trata bien, quien les da de comer, menos la casa donde crecieron, situación que no sucede con algunos políticos, constantemente olvidan la casa que les adopto, desconocen a quien les brindo cobijo, y son capaces hasta de morder la mano que les dio de comer durante varios años o les brindó la oportunidad de a un puesto llegar.

Muchos políticos, después de jurar que primero están sus ideologías y de pelear férreamente contra todos queriendo defenderlas, de pronto cambian, más cuando están encumbrados o que creen que tienen posibilidades de seguir creciendo dentro de sus institutos políticos pero cundo el viento no sopla a su favor se les olvida la lealtad a su partido o la persona que les encumbró.

Otros son fieles mientras no estén seguros de que todo les favorecerá en otra parte, hasta que consiguen sus objetivos o hasta que son deslumbrados por el resplandor de una nueva nomina, lo que menos importa es el color, y es entonces cuando se tira la lealtad en cualquier caño y la fidelidad se cambia por oportunidades de oportunistas.

A muchos políticos se les olvida que sus actos no quedan ocultos, que las traiciones resurgen y que serán señalados, olvidan que al cometer esos actos ya jamás serán dignos de confianza pues la gente sabe que quien traiciona una vez lo hace siempre, que solo esperan tiempos o la ocasión para ejecutar la traición.

Con esto queda claro que la lealtad es un valor infinito y vale más quien la sabe valorar, tiene más futuro que los que muchas veces la subastan al mejor postor, se le pone precio de acuerdo al interés político, económico, o social.

En ocasiones se puede percibir la lealtad como un contrato, un convenio, con cláusulas aplicables por tiempos, espacios, y conveniencias, pero los políticos deben tener conciencia que regularmente prescriben esos acuerdos meses o días antes de lo pactado y sin que los contratantes puedan hacer nada, sabedores que es la ley de su profesión, se percibe en el ambiente, porque para muchos la lealtad solo es aun artículo de compra-venta.