No lloré…

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Maremágnum

Mario Vargas Suárez

El espacio de hoy es para la memoria, los recuerdos tristes de hace 50 años, cuando un presidente mexicano repitió, quizá, la misma orden “detengan a los estudiantes”, por ello este relato, testimonio de una testigo que se formaba en la Escuela Nacional de Maestros en la CDMX., Ernestina Olmedo Núñez que publica en su muro de Facebook:

“Eran las cuatro de la tarde y guardando mis cosas me retrasé quedando sola en el aula…escuché y pensé eran cuetes, despreocupada descendí las escaleras y al llegar a la planta baja unas manos me jalaron, obligándome a subir nuevamente hasta el primer piso…

Los cuetes se oían muy cerca acompañados de gritos y voces ininteligibles. Las mismas manos que me habían tomado bruscamente me arrojaron al primer salón. Y cerró la puerta…-Siéntate compañera. Obedecí…La mayoría de los rostros eran de jóvenes desconocidos.

-Cállense! – dijo enérgicamente una voz masculina. Seabrió bruscamente la puerta y entró un grupo de compañeras con uniforme, tal vez tres o cuatro, llorando y con el terror en sus rostros. -Cállense volvió a decir la voz, ahora más fuerte.

Movida por la curiosidad me puse de pie y a hurtadillas me asomé por la ventana, no podía ver mucho, pero si vi queinstantes después de las detonaciones, un chico caía en mitad de la explanada. Boca abajo y con los brazos muy extendidos al frente… Me senté. Todo quedó en silencio y una nueva ráfaga… frente a mí una compañera de larga y rizada cabellera lloraba desesperada, llena de pánico. Su blanco rostro estaba congestionado. Sus amigas la abrazaban y le tapaban la boca para ahogar sus gritos. 

Afuera, oh Dios, afuera… Se oían pisadas, pasos apresurados, gritos, lamentos… tiros… Muchos y muy fuertes. Creí era una pesadilla. Todo había ocurrido tan rápido que no había tenido tiempo de pensar. El ruido incesante y la seguridad de que estaba en peligro no me dejaban hacerlo.

Uno de los chicos desconocidos, sacó de entre su ropa un fajo de propaganda y sin pensar la arrojó por una de las ventanas. La respuesta no se hizo esperar, dos tres balazos entraron por esas mismas ventanas. Todos estábamos para ese momento pecho tierra y bajo los bancos. Algunos, a gatas logramos escondernos en los lokers que estaban empotrados en la pared. 

Mi angustia crecía y un nudo en la garganta me impedía hablar, quejarme, llorar o gritar…empezaron a pasar los minutos… Las medias horas y las horas. La última vez que pude ver la hora en mi pequeño reloj de pulso eran las 6.30.

La oscuridad nos fue envolviendo… De tanto en tanto se escuchaban unas ráfagas aisladas con los consiguientes gritos sobresaltados. La estudiante de larga cabellera se había cansado de llorar… quién podía hablar lo hacía en susurros casi inaudibles. Yo ponía mucha atención y me fui enterando de lo que había sucedido y lo que podía suceder. 

No era nada bueno. Entonces empecé a suplicar a Dios por mi vida. Recé lo que sabía rezar. Luego pasos atropellados… Voces que daban órdenes… Órdenes que no se obedecían… algún tiro aislado. Pasos que casi se detenían frente a la puerta y mi respiración se detenía. Pasos que se alejaban y un suspiro de alivio general. Empezaba a rezar de nuevo.

Pensé mucho… En la primera vez que fui a la Normal… En el hermanito que nacería el próximo mes y que tal vez no conocería… En mi familia… En el grito ahogado que se escuchaba fuera… Y otra vez la imagen del muchacho que cayó en la Explanada. Traía un periódico en el bolsillo del pantalón… 

Los ojos me dolían mucho… Me di cuenta que el terror me impedía parpadear. Oía frases como “¿te acuerdas de Tlatelolco?… si nos encuentran nos matan…a fulano le dieron y se lo cargo la ch….” Yo, pensaba… Rogaba que si me mataban encontrarán mi cuerpo…. 

Pasaron varias horas. Ya nadie hablaba, solo se escuchaba la respiración de todos y algún sollozo… La puerta se abrió sigilosamente y una voz femenina preguntó: -¿cuántos son muchachos?: -¿Están bien?; -¿Alguien está herido? 

Luego ordenó: -Van a salir sin hacer ruido… En fila, agachado, más, más agachados… Al salir puse mis manos en el piso y me impulsé con las rodillas siguiendo al compañero que iba delante, también a gatas. Y así a gatas subimos por la escalera. Mis manos y rodillas se sentían húmedas y mi cabello me estorban a en el rostro. 

Al llegar a las oficinas la luz me deslumbró. Aun no entiendo por qué no lloré. 

El Maestro Napoleón, Director de la Nacional de Maestros nos recibió con esa mirada que daba tanta paz, pero ahora tenía una gran tristeza… -¿Están bien muchachos? ¿Y esa sangre? ¿De qué grupo son? ¿De qué escuela son? ¿Quién quiere llamar a su casa? 

Preguntas que no se si contesté. ¿En dónde vives? ¿Cómo te vas a tu casa regularmente? -Vengan ustedes, se van a ir con la maestra en su carro. No hablen. No hagan ruido. Bajamos los cuatro, no recuerdo quienes eran, pero si su uniforme. Mi blusa traía una manchita de sangre recuerdo qué pensé: ¿de quién será? La tuve que haber recogido del suelo…

El carro, se encontraba exactamente a la salida del edificio, frente a la base de la Torre. Los bomberos lavaban a manguerazos la sangre de los estudiantes… El gran chorro hacía un ruido que obligó a la maestra a hablar fuerte. Acomódense en el asiento de atrás y escóndanse. Tú vente acá adelante -dijo a una muchacha- y agáchate lo más que puedas…. Arrancó el carro y salió despacio. Muy muy despacio…

Sentí más que ver que ya íbamos en la calzada… Algunos minutos después, la maestra detuvo el carro y nos dijo: – Es Popotla, ¿todos se van en el metro verdad? Métanse al metro aquí los veo. Juro que escuché que se le quebraba la voz. Tal vez contesté, tal vez dije gracias, tal vez solo lo pensé. 

Entramos al metro… Eran las 9.48. Llevaba mi morral, que nunca solté. Todos abordamos el metro hacia la misma dirección, pero ninguno nos dirigimos ni siquiera una mirada. Ninguno lloraba… Recordé cómo un flechazo la imagen del chico de la Explanada y miré la pequeña mancha de sangre de mi blusa. El frío del pasamanos me recordó que yo estaba viva. 

Bajé en Pino Suarez y trasbordé hacia Balbuena. Cuando salí del andén vi a mi padre desencajado… asustado… triste… también vi a mi hermano mayor lloroso y angustiado. Mi padre sólo me dijo: -¿Para qué fuiste a la escuela?

Al llegar a casa, mi madre me abrazó llorando. Tejía una chambrita para el bebé. Han pasado cincuenta años y lo recuerdo como si hubiera sido hoy. Todavía no sé porque no lloré…

Hasta aquí el relato de una sobreviviente y… 10 de junio… ¿se olvida?