En memoria

Maremágnum

Mario Vargas Suárez

 

 

Confieso que la mayor parte del contenido en esta columna es un extracto de algún exalumno de la Escuela Normal Lauro Aguirre de Tamatán, pero que me pareció importante publicar, sobre todo para quienes no sabemos nada de las escuelas con el sistema de internado. Para quienes si lo conocen, entonces algunos párrafos les serán muy familiares.

Por los datos, el texto se escribe en el año 2013.

“…los hermanos Tamataneros de las generaciones de 1964 en adelante… desde aquella graduación con la Orquesta de Carlos Campos en junio de 1968, a 45 años, pareciera que el tiempo engulle egoísta toda fuerza de la juventud y muestra ahora hombres maduros deudores de la Escuela Normal Rural “Lauro Aguirre” de Tamatán, Tamaulipas.”

Dice el relato histórico… “Los más atrevidos buscaban ya con sus amigos o parientes el dormitorio que les tocaría, inclusive su litera y gaveta. Otros se valían de sus amigos o familiares que ya eran alumnos para que fueran sus guías, porque entonces ellos se sentían muy sabihondos mostrando la escuela a los ‘novatos’.

Esa es la alberca, ese es el dormitorio de los de la Normal, allá están las casas de los maestros, aquél es el campo de Fútbol y la pista de atletismo; ahí el comedor, aquí en la explanada donde se pasa lista; allá es la dirección, aquella es la huerta, etc.

Adolescentes, casi niños, algunos que en ese año del señor de 1964 del mes de septiembre, apenas rebasaban los 15 años y recién salidos de la secundaria, otros con 19 años… los más veteranos.

La historia de la Educación Pública en México señala que ese 1964 fue el principio de la Escuela Normal para las Especialidades de Ganadería, Agricultura y Mecánica Agrícola, por lo que nació la primera generación de normalistas con alguna de estas especialidades.

Quienes vivimos esta época de antología y de locos, fue por el hacinamiento en la Escuela de Tamatán, entre la normal primaria y la de especialidades, ¡fuimos 1,000 alumnos internos!

Mil dormíamos en esa benemérita escuela. Mil comíamos tres veces al día en ese bendito comedor. Mil en clases. Mil ordenados por el clarín (corneta) de guardia que indicaba salida y entrada a clases; hora de comer; hora de pasar lista; hora de apagar luces; hora de despertar; y hora de dormir.

En cada dormitorio de apilaban 22 estudiantes en literas dobles, cada uno con su gaveta y debíamos estar listos al pase de lista diario a las 05:45, perfectamente bañados, cambiados y zurrados; Formados por pelotones, secciones hasta formar compañías, con sargentos y comandante como jefe.

Los horarios eran sencillos. De las 06:00 a las 08:00 de la mañana clases; de 8 a 9 almuerzo, regreso a clases de las 9 a la una; La comida era de 1 a 3; y de 3 a 6 de la tarde otra vez clases; la cena de las 7 a las 8. Quien no iba a almorzar, comer o cenar se acostaba con el estómago vacío. Debo reconocer que de los mil alumnos no había un sólo gordo.

Según datos de la SEP de entonces cada alumno tenía un presupuesto de $3.75 (tres pesos, con setenta cinco centavos al día), lo que debía alcanzar para un plato de frijoles, café, tres tortillas de maíz, algo de huevo revuelto y una pieza de pan dulce de postre; al mediodía una fruta. El presupuesto asignado a los caballos del ejército en 1965 era de $8.50 al día. Es es decir, $4.75 más que los estudiantes de esos internados para ser profesores de escuela.

La luz se apagaba diario a las 22 horas, en todos los dormitorios. El sábado sólo hasta las 12 del mediodía había clases, solo los que tenían acumulada alguna indisciplina no salían ese fin de semana y un gran detalle: No existía el soborno.

Es posible que sea curioso el dato, pero casi nunca o mejor dicho, nunca faltaban los profesores (era toda una joda). Había además que mantener cuando menos un 8.6 de promedio general.

A estas fechas, 18 años del nuevo milenio, pareciera que nos identificamos como los salmones, cuando buscan su principio y origen. Así, los que alguna vez fueron inquietos jóvenes estudiantes, entre malpasadas y desvelos agónicos, lograron alcanzar su meta: ser maestros de escuela, seguir en la senda del magisterio combatiendo el oscurantismo del pueblo mexicano y aunque no han logrado del todo su misión, ahora intentan regresar a su Alma mater, en un acto dignificante…”

Hasta aquí el relato en esta primera parte. Porque el espacio así lo determina y en una próxima entrega señalaré el finiquito de estas gloriosas escuelas normales rurales y desde luego, el revivir de una… la Normal de San José de las Flores, que pareciera una refundación de la Normal de Tamatán.

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